domingo 9 de agosto de 2009

Los usurpadores de la democracia.

Una repetida fórmula avanza en América Latina. Ha nacido una casta de usurpadores de la democracia. Su recorrido se reitera en cada país, con rigurosa precisión.

Los patéticos gobiernos demagógicos que supimos conseguir en el pasado, han sido el caldo de cultivo ideal para la aparición de estos modernos líderes mesiánicos que combinan su perfil autoritario con un discurso populista, una inteligente perversidad y ese hipócrita fervor democrático que los delata en forma inconfundible.

La democracia es la herramienta imprescindible que utilizan para ejecutar su proyecto. Se trata de declararse amantes de ella y al ejercerla, sentar las bases de su propio aniquilamiento. La voluntad popular es el medio para quitarle libertades a la gente, acumular poder, destruir la republica y quedarse con todo a su paso.

El camino lo conocemos, promesas populistas, mucho de demagogia y predecibles triunfos electorales. Con altos niveles de popularidad queda allanado el camino para implementar la segunda fase del plan. Reformar la Constitución, la Carta Magna, para sentar las bases de un reeleccionismo indefinido, un presidencialismo eterno que limite a los otros poderes de la república, a los que someterá en forma directa o indirecta.

A partir de ahí, todo es un juego de niños. Con la suma del poder público, vendrá la etapa del sojuzgamiento. Una reelección primero, otra después, dando pasos graduales pero firmes, para concentrar el poder institucional, amedrentar a los adversarios, para cerrarle todas las puertas de acceso al poder y acallarlos de cualquier modo.

Será tiempo entonces del periodo expropiador, el de estatizar progresivamente, exacerbando el espíritu nacionalista, demonizando a los extranjeros, y concentrando la propiedad en manos del Estado para minimizar el espacio para la propiedad privada.

La idea es poner de rodillas a la sociedad para ir por todo. Quieren el poder, las propiedades, la libertad y la conciencia de la gente. Para esa etapa tendrán que eliminar derechos esenciales, dominar los medios de comunicación y establecer un control policial sobre los individuos, creando para ello, enemigos artificiales que justifiquen cada avance sobre esas libertades.

Estos líderes populistas, para construir ese sueño, requieren de un instrumento que lo han encontrado en la democracia. Pero es en realidad ESA forma, tan particular de concebirla, esa que aceptamos mansamente, respetando una regla falsa, la que les permite a estos apropiadores del sistema, avanzar en su proyecto.

Es que en América Latina ha crecido desproporcionadamente una creencia que no resiste análisis alguno. Estos déspotas han construido un modo de interpretar los principios de la democracia que se sostiene sobre la base de que todo lo que decide una mayoría debe ser aceptado por la minoría. Una concepción casi aritmética de un valor superior. Han convertido una filosofía que posibilita la convivencia en sociedad, en una mera fórmula matemática, donde los más aplastan a los menos.

Así, el que gana impone, y el que pierde se somete. Esa lógica electoral, otorga derechos. Cada vez que triunfa, puede hacer lo que se le antoje, y esto incluye el derecho a destruir el sistema y vulnerar sus principios fundacionales en el proceso.

Es que en nuestras tierras, mucha gente cree genuinamente que de eso se trata la democracia. Han comprado la idea de que cada compulsa electoral es algo así como una disputa deportiva, en la que hay que pasar a la siguiente fase.

La democracia es un sistema de convivencia pacífica, donde la ciudadanía delega en manos de algunos pocos un poder que le resulta propio. El poder sigue siendo ciudadano. Por eso, los circunstanciales líderes deben entender que están a préstamo, de paso, solo de paso. Pronto serán historia, y si hacen las cosas razonablemente bien, podrán aspirar a dejar una huella para las generaciones futuras, tal vez un legado.

Las dictaduras actuales han decidido no tomar el histórico camino de la revolución cubana. Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y la propia Honduras, de la mano de sus nuevos caudillos, han tomado un recorrido más perverso, menos frontal, sustancialmente más hipócrita y retorcido. Ya no precisan de las armas, ni de la guerrilla en su sentido histórico. Ahora han elegido disfrazarse detrás de los ropajes de la democracia. Un sistema en el que no creen, que detestan, pero que les viene bien para dominar por etapas y con un programa pergeñado al detalle, quitando una a una las libertades a la sociedad.

La democracia no es la caricatura que estos dictadores en potencia nos ofrecen. La democracia preserva a las minorías, respeta las libertades individuales, construye sobre consensos, garantiza la diversidad y el pensamiento diferente y jamás trabajaría para limitar su esencia, sino, en todo caso, para hacerla más transparente, más ciudadana.

Estos dictadores, seguirán intentando convencernos, que cada elección ganada otorga derechos para imponer. Para perpetrar su objetivo necesitan de una sociedad capaz de creer ese cuento, de jugar ese juego, del enemigo irreal que justifica la concentración de poder. Pero también requiere de una sociedad descomprometida, la de los individuos que creen que la política es tarea de otros y que no vale la pena participar.

Los apropiadores de la democracia conocen las reglas, saben que con un poco de mística en sus filas y la apatía de una comunidad que los avala con su apoyo o su silencio, pueden dar los primeros pasos de este camino. Muchos países ya han avanzado bastante en esto. Otros se encuentran recorriendo ese sendero con diverso éxito. Lo grave es que el plan trazado no se detiene, van por más y la gente sigue creyendo que esto de la democracia es un juego infantil que no gravita demasiado en sus vidas.

Es tiempo de despertarse. Estos dictadores vienen por nosotros. Son inteligentes y perversos. Pero deben servirse de esta democracia como el nuevo instrumento que han hallado para ejecutar su proyecto. Necesitan una democracia débil, una republica anémica y una sociedad resignada, capaz de buscar en esos Mesías la solución a sus problemas. Ellos avanzan, pero en su propósito, somos los mismos ciudadanos los que construimos los pilares de su recorrido.

Muchos pequeños dictadores pululan por nuestras geografías. La imperfecta democracia que hemos construido tímidamente, alberga a demasiados personajes como estos. Aprender a identificarlos es una tarea que bien vale la pena. Es tiempo de cuidarse de los usurpadores de la democracia.


Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Corrientes – Corrientes – Argentina
www.albertomedinamendez.com
03783 -15602694

viernes 24 de julio de 2009

La leyenda de los entornos.

En estos días, Argentina debate la permanencia en el cargo de un funcionario del gobierno nacional, que parece ser no solo muy influyente sino también poseedor de un gran respaldo político.

La circunstancia, anecdótica por cierto, pone nuevamente en el tapete, algo que podemos denominar como “la leyenda de los entornos”.

Entorno, es esa palabreja que muchos ciudadanos del mundo, han utilizado para construir una historia bastante alejada de la realidad. Los ENTORNOS pasaron a ser la perfecta justificación de muchos de los males que nos aquejan como sociedad.

Hemos inculpado mágicamente a esos hombres que pululan en las sombras del poder. Algunos de ellos son funcionarios, otros solo asesores y a veces simples personajes que merodean los pasillos de las oficinas gubernamentales.

Ellos, según esta visión, influyen de modo considerable en la mente de los líderes, los hacen hacer cosas abominables, inaceptables, utilizando perversas estrategias y manipulándolos a su arbitrio.

Esta ingenua e infantil mirada de los acontecimientos, funciona como una manera de exculpar de responsabilidades al “bondadoso mandamás” que nada tiene que ver con muchos de sus colaboradores y sus detestables prácticas.

Es que, bajo esa forma de ver la política, el trabajo inconfesable lo hacen esos “monjes negros” que componen el peligroso grupo que merodea al líder, minimizando de esa manera, su responsabilidad frente a las brutales consecuencias del accionar de los siniestros personajes que lo rodean.

Esa caricatura de la realidad, intenta eximir al caudillo, de las verdaderas responsabilidades que le son propias. Es que se puede delegar la tarea pero jamás la responsabilidad. Si a un dirigente se le escapa de las manos la actitud, el estilo, la acción o las consecuencias de sus colaboradores, pues no está en condiciones entonces de dirigir nada.

Es que no hablamos del funcionario que comete un error, ni tampoco de la perfección como ambición ciudadana. Se trata de ese viejo mito que dice que ciertos sujetos que no fueron electos por la voluntad popular, terminan controlándolo todo.

No resulta creíble, no se puede defender esa idea con consistencia. Los hombres y mujeres que llegan al poder lo hacen por una combinación de factores que se conjugan en forma simultanea, pero subestimar su inteligencia seria un error a todas luces.

Aceptar la historieta de que los líderes políticos son “prisioneros” de su entorno es suponer también que no son suficientemente inteligentes, o que no tienen el carácter necesario para ocupar el puesto que han alcanzado en una carrera que corren muchos pero que pocos consiguen.

Por la vía de la excepción, podemos reconocerlo, pero no como una regla que aplicamos a todos y siempre. Es que esa teoría, instalada fuertemente en la opinión pública, es demasiado piadosa con la política y sus protagonistas.

Esa concepción, pretende sostener, que el líder es honesto, bien intencionado, capaz, visionario, pero que, por error, ha decidido rodearse de gente inadecuada que tira por la borda todas sus virtudes, boicoteando sus sanas motivaciones.

Si un dirigente no sabe seleccionar eficientemente a los miembros de su equipo, estamos frente a una de las peores falencias que pueda exhibir su condición de conductor. Es que justamente su rol de orientador, de jefe, de líder, supone la presencia de ese atributo clave para desempeñar su función.

Pero esta leyenda de los entornos, construida tan burdamente, tal vez deba tener su explicación en que la clase dirigente, PRECISA de “instrumentos” de gente que haga la “tarea sucia”, de cajeros, apretadores y negociadores. En definitiva, se trata de una necesidad del líder, en la que no es victima de su entorno, sino generador del mismo.

Elige minuciosamente a cada uno de sus colaboradores, y más allá de algunas torpezas, es justamente aquello por lo que se los critica lo que explica que hayan sido convocados para la tarea, justamente esas personas.

No son entornos por error, sino perfectamente pensados, estratégicamente diseñados y con un reclutamiento profesional que implica arrastrar a sus mas leales amigos y a sus eternos seguidores, para cumplir las funciones mas complejas y menos confesables.

No es cierto que el entorno maneje al capanga de turno. En todo caso, si eso fuera cierto no estamos frente a un conductor, sino a un manipulable personaje controlado por seres mas inteligentes que él, que pueden lograr que haga lo que no podrían hacer por si mismos.

En esta historia, el caudillo político no es un espectador. En todo caso es el director de la orquesta. Creer que es una victima de sus circunstanciales entornos es no entender la música y comprar, una vez más, la “leyenda de los entornos”



Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Corrientes – Corrientes – Argentina
www.albertomedinamendez.com
03783 -15602694
Skype: amedinamendez

La leyenda de los entornos.

En estos días, Argentina debate la permanencia en el cargo de un funcionario del gobierno nacional, que parece ser no solo muy influyente sino también poseedor de un gran respaldo político.

La circunstancia, anecdótica por cierto, pone nuevamente en el tapete, algo que podemos denominar como “la leyenda de los entornos”.

Entorno, es esa palabreja que muchos ciudadanos del mundo, han utilizado para construir una historia bastante alejada de la realidad. Los ENTORNOS pasaron a ser la perfecta justificación de muchos de los males que nos aquejan como sociedad.

Hemos inculpado mágicamente a esos hombres que pululan en las sombras del poder. Algunos de ellos son funcionarios, otros solo asesores y a veces simples personajes que merodean los pasillos de las oficinas gubernamentales.

Ellos, según esta visión, influyen de modo considerable en la mente de los líderes, los hacen hacer cosas abominables, inaceptables, utilizando perversas estrategias y manipulándolos a su arbitrio.

Esta ingenua e infantil mirada de los acontecimientos, funciona como una manera de exculpar de responsabilidades al “bondadoso mandamás” que nada tiene que ver con muchos de sus colaboradores y sus detestables prácticas.

Es que, bajo esa forma de ver la política, el trabajo inconfesable lo hacen esos “monjes negros” que componen el peligroso grupo que merodea al líder, minimizando de esa manera, su responsabilidad frente a las brutales consecuencias del accionar de los siniestros personajes que lo rodean.

Esa caricatura de la realidad, intenta eximir al caudillo, de las verdaderas responsabilidades que le son propias. Es que se puede delegar la tarea pero jamás la responsabilidad. Si a un dirigente se le escapa de las manos la actitud, el estilo, la acción o las consecuencias de sus colaboradores, pues no está en condiciones entonces de dirigir nada.

Es que no hablamos del funcionario que comete un error, ni tampoco de la perfección como ambición ciudadana. Se trata de ese viejo mito que dice que ciertos sujetos que no fueron electos por la voluntad popular, terminan controlándolo todo.

No resulta creíble, no se puede defender esa idea con consistencia. Los hombres y mujeres que llegan al poder lo hacen por una combinación de factores que se conjugan en forma simultanea, pero subestimar su inteligencia seria un error a todas luces.

Aceptar la historieta de que los líderes políticos son “prisioneros” de su entorno es suponer también que no son suficientemente inteligentes, o que no tienen el carácter necesario para ocupar el puesto que han alcanzado en una carrera que corren muchos pero que pocos consiguen.

Por la vía de la excepción, podemos reconocerlo, pero no como una regla que aplicamos a todos y siempre. Es que esa teoría, instalada fuertemente en la opinión pública, es demasiado piadosa con la política y sus protagonistas.

Esa concepción, pretende sostener, que el líder es honesto, bien intencionado, capaz, visionario, pero que, por error, ha decidido rodearse de gente inadecuada que tira por la borda todas sus virtudes, boicoteando sus sanas motivaciones.

Si un dirigente no sabe seleccionar eficientemente a los miembros de su equipo, estamos frente a una de las peores falencias que pueda exhibir su condición de conductor. Es que justamente su rol de orientador, de jefe, de líder, supone la presencia de ese atributo clave para desempeñar su función.

Pero esta leyenda de los entornos, construida tan burdamente, tal vez deba tener su explicación en que la clase dirigente, PRECISA de “instrumentos” de gente que haga la “tarea sucia”, de cajeros, apretadores y negociadores. En definitiva, se trata de una necesidad del líder, en la que no es victima de su entorno, sino generador del mismo.

Elige minuciosamente a cada uno de sus colaboradores, y más allá de algunas torpezas, es justamente aquello por lo que se los critica lo que explica que hayan sido convocados para la tarea, justamente esas personas.

No son entornos por error, sino perfectamente pensados, estratégicamente diseñados y con un reclutamiento profesional que implica arrastrar a sus mas leales amigos y a sus eternos seguidores, para cumplir las funciones mas complejas y menos confesables.

No es cierto que el entorno maneje al capanga de turno. En todo caso, si eso fuera cierto no estamos frente a un conductor, sino a un manipulable personaje controlado por seres mas inteligentes que él, que pueden lograr que haga lo que no podrían hacer por si mismos.

En esta historia, el caudillo político no es un espectador. En todo caso es el director de la orquesta. Creer que es una victima de sus circunstanciales entornos es no entender la música y comprar, una vez más, la “leyenda de los entornos”



Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Corrientes – Corrientes – Argentina
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miércoles 8 de julio de 2009

Perdieron todos.

Es difícil comprender tantos festejos y declaraciones de políticos argentinos. Culminada la elección del 28 de junio, algunos insisten en retorcidas interpretaciones que acomoden el resultado electoral a lecturas tan rebuscadas como alejadas de la realidad.

Cierto sector de la clase dirigente se volcó por los discursos exitistas y grandilocuentes, celebrando supuestos éxitos presentes y vaticinando los triunfos que vendrán. Otros, más audaces, pretendieron convertir derrotas en victorias desde una ingeniería argumental y matemática realmente incomprensible.

Es paradigmático, pero en esta elección PERDIERON TODOS. Nadie puede seriamente ufanarse del resultado electoral. Para las aspiraciones que tenían muchos dirigentes, lo que hemos presenciado, fue una estrepitosa derrota.

Perdieron los aparatos, claramente. Frente a tanta leyenda vinculada al clientelismo y al asistencialismo electoral, pese al obsceno despliegue económico público y privado, los porcentajes obtenidos por determinados partidos y frentes, solo demuestran que el dinero, la publicidad, la logística pesan y mucho……..…pero no alcanzan. De hecho, si esa fuera la fórmula, otros hubieran sido los resultados. Algunos dirán que sin ese ardid, mucho peores hubieran sido algunos desempeños, y también estarían en lo cierto

No solo el oficialismo nacional hizo lo suyo, con una catarata de recursos públicos, de la mano de obras de infraestructura distribuidas con la típica discrecionalidad unitaria de estos tiempos, subsidios por doquier, numerosas prebendas, incontables promesas y lanzamientos e inauguraciones a mansalva.

Los gobiernos provinciales y municipales hicieron lo propio. No se quedaron atrás. Apostaron fuerte, y desplegaron todo su arsenal de propaganda oficial, con dineros cuyo origen quedan poco transparentados, amplificando hechos del pasado reciente atribuidos a la gestión propia, mostrando rostros con nombres y asociándolos a la campaña.

Muchos ciudadanos estaban seguros que con el soporte gubernamental pulverizarían a cualquier opositor. Se equivocaron. En varios casos, aun así, fueron superados, y en otros lograron triunfos insignificantes frente a rivales mucho menos dotados de recursos para la difusión de sus propuestas.

Los encuestadores también se llevaron su merecido en los más de los casos. Quedó en claro, que la inmensa mayoría sumo más errores que aciertos, y que algunos deberán buscarse otra actividad, ante la irrefutable evidencia que esto no es lo de ellos. Resultó demasiado elocuente que la complejidad de la política, si queremos pensar bien, no les ha permitido proyectar con claridad y mucho menos con la linealidad que estas metodologías sugieren. Unos pocos, mostraron su profesionalismo demostrando que son los únicos que pueden caminar por la calle con la frente alta, al menos en este rubro.

Algunos opositores que aparecieron festejando en tribunas, danzando frenéticamente y vociferando encendidos discursos, tampoco tienen demasiado para enorgullecerse.

Habría que recuperar un poco de humildad, si es que alguna vez la tuvieron. En todo caso, valdría la pena enfocarse en porque no consiguieron cautivar a mas electores si sus propuestas eran tan claras e interesantes, o si seriamente creen que sus campañas estuvieron plagadas de inteligencia y buena selección de los mensajes y métodos.

Algunos demagogos de los medios de comunicación, que también los hay, han preferido caer en la trampa de adular al electorado, intentando meterse a la gente en el bolsillo, con elogios desproporcionados, otorgándoles méritos por supuestos triunfos de “la gente” y erigiéndolos como los grandes triunfadores de este proceso electoral.

Habrá que decir que esta sociedad sigue sin involucrarse y que solo se siente motivada por desplazar a los oficialismos de turno, para reemplazarlos por otros nuevos, con idéntico vacío de ideas y propuestas, a lo que se agregan similares modalidades de campaña, parecidas formas de hacer política, a las de los desplazados.

Por triste que sea la conclusión, la sociedad también quedó del lado de los perdidosos. Con mucha suerte, y siendo generosos en el análisis, podrá afirmarse que obtuvo un modesto empate. Si hubiera que rescatar un aspecto positivo cabría decir que la sociedad logró ponerle freno, parcialmente, a cierto despliegue impune de muchos dirigentes, pero aún no ha conseguido mostrarles el camino adecuado, tal vez porque tampoco la comunidad lo tiene suficientemente claro.

Esta elección dejo un tendal de derrotados. En definitiva, perdieron todos. Cada uno de los protagonistas de esta historia, dirigentes, partidos, gobernantes de todos los niveles, funcionarios públicos, y fundamentalmente la sociedad toda, se deben un profundo replanteo, una contundente autocrítica. Suponer que solo “los demás” perdieron, que existe algún sector que esté recorriendo el camino ideal, sería mucho presumir, y por lo tanto ignorar una parte del problema, tal vez significativa, sin la cual la solución no puede aparecer de modo alguno con claridad.

La foto que nos muestra la realidad, lo cotidiano que resulta evidente a los ojos de cualquier observador, está reflejando lo mucho por corregir, y esa misma imagen nos habla de que NADIE se está ocupando de ello. Ni los dirigentes, ni la ciudadanía.

La comunidad y la política siguen viviendo el día a día, enfrascados en las urgencias y pretendiendo debatir sobre ello, con la prioridad puesta absolutamente en la coyuntura.

De las reformas estructurales no se ocupa nadie, ni la política, ni la sociedad. Por lo que no se pueden pretender soluciones sobre aquello que no nos ocupa en lo más mínimo.

La seguridad, la educación, la justicia, la pobreza, la salud, la institucionalidad, casi todos estos aspectos siguen pendientes, esperando que alguien se encargue de ellos, que se discuta a fondo y que se implementen acciones, que todos sabemos, no rendirán sus frutos en el corto plazo. Pero alguna vez habrá que arrancar. Y no iniciará este debate la política, si la sociedad no reacciona, si no hace el quiebre, si no fuerza ese punto de inflexión necesario para cambiar el rumbo de la historia.

Por eso, por estas circunstancias, ninguno puede seriamente festejar. Nadie consiguió dar pasos firmes en algún sentido positivo, Nuestro debate sigue siendo superficial. Por lo tanto, no se puede esperar demasiado, sin ese cambio que la sociedad recita pero no ejerce. Los ciudadanos de esta Nación no hemos asumido todavía la necesidad de liderar ese indispensable giro que posibilite obligar a la política a ponerse las barbas en remojo, los pantalones largos para empezar a caminar como no lo ha hecho hasta ahora.

No es tiempo de festejos. En todo caso, debiera ser, de serena reflexión. Otro turno electoral ha pasado. La continuidad democrática aprobó otro examen y eso es saludable como valor, pero debe quedar suficientemente claro, que esta vez no tenemos ganadores…. perdieron todos.


Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
03783 – 15602694
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Corrientes – Corrientes - Argentina

jueves 2 de julio de 2009

Mucho por hacer.

Terminó la elección. Los resultados ya están disponibles, para los numerosos análisis que abundarán por doquier, intentando explicar lo inexplicable en muchos casos, y sobredimensionando ajustados triunfos en otros.

Se hablará de cómo sigue esta historia, de las presidenciales y de los candidatos en carrera. Las especulaciones provinciales proyectaran futuros gobernadores y las internas partidarias se empezarán a jugar, desde ahora, para definir los futuros alineamientos.

Pero aún queda mucho por profundizar si se pretende entender lo importante, lo significativo, lo trascendente. Es tarea compleja, pero tal vez sea el modo de no quedarse en lo superficial, en lo anecdótico e irrelevante.

Lo conclusión mas importante es que hay MUCHO POR HACER. Después de todo lo que se dijo, y de lo que se seguirá diciendo, es tiempo de trabajar. Porque muchos de los que ganaron, lo lograron solamente porque fueron elegidos como el mal menor, como la opción que menos insatisfacción generaba al votante. No fueron seleccionados como el mejor intérprete del pensamiento popular. En los más de los casos, surgieron de un minucioso proceso de descarte al que sobrevivieron luego de muchas cavilaciones.

Cientos de miles de votantes, tal vez algunos millones de sufragantes, solo OPTARON. Buscaron el mejor modo de expresar su bronca e impotencia. Ellos intentaron encontrar un canal que viabilice tanta indignación. Esos votantes solo USARON a las listas y a los candidatos de ciertos partidos, porque posibilitaban una forma de rechazo, un concreto modo de aproximarse a la mas genuina expresión ciudadana.

Frente a tanto político, a tanto partido que CREE usar al votante, los utilizados fueron justamente ellos, los dirigentes y la corporación política toda. No generan entusiasmo, sino únicamente circunstanciales simpatías, como modo de mostrar quienes son los que NO gozan del acompañamiento popular.

Los apropiadores de votos, esos que suponen adhesiones que no tienen, que viven del “voto prestado” pero se ufanan de contar con apoyos mayoritarios, son los que hacen las lecturas mas retorcidas, esas que mejor se ajustan a sus deseos pero que poco contacto tienen con el mundo real. No toman nota de que solo han sido una herramienta.

Es que la democracia numérica que vivimos, sigue siendo anémica, débil, frágil, renga y muchas veces patética. Los argentinos, solo tratamos de sostenerla en pie, como podemos, como sabemos. Pero aún nos falta aprender como hacer para colocarla en el lugar que corresponde, para poder enorgullecernos de nuestro sistema de vida.

La sociedad, la inmensa mayoría de la gente, sigue repudiando a los políticos y despreciando a “la política”. Con cada elección no mejora la imagen de la clase dirigencial. Muy por el contrario, se desprestigia progresiva y sistemáticamente. Campañas políticas obscenas por su contenido y formas, con despliegues económicos ofensivos, trasladando votantes como ganado y humillándolos en el proceso, con muestras cada vez más creativas de un clientelismo que sigue mutando, son solo una parte de un abanico de aberraciones morales que no generan NINGUN respeto.

Terminó la elección y empezaron los análisis. Pero lo cierto es que la gente espera que esta elección anticipada, que apeló a zancadillas legislativas, discursos manipulados y cronogramas burlados, ahora cumpla con el supuesto rol anunciado. El adelantamiento de los comicios, se justificó en la idea de enfocarse en darle dura batalla a la crisis internacional y amortiguar el impacto local de este sacudón financiero. Veremos que de todo eso sucede, y cuan canalla ha sido el argumento.

Es tiempo de dar vuelta la página. Los “oficialismos” nacionales, provinciales y municipales, los que están en el poder, tienen mucho por ajustar y hacer, demasiadas cuestiones sin resolver, la mayoría de ellas mal diagnosticadas y peor encaradas.

Los cargos “públicos” que ocupan son para cumplir funciones y no para vivir concentrados en las obsesiones del poder, como muestran diariamente en sus acciones.

Los opositores, tienen mas responsabilidades incluso. Ellos se llenan la boca con la crítica fácil, que es certera para la estocada, pero difusa para la propuesta concreta. No han demostrado, aún, su capacidad de construcción. Sigue esa deuda pendiente.

Ellos, los que pretenden el poder, aspiran a “venderse” como los triunfadores en muchos distritos, y por ello tienen mayores responsabilidades. Construir una propuesta alternativa inteligente para la sociedad. Eso que no consiste en juntar votos, ni lograr meros acuerdos electorales circunstanciales. Deben empezar a trabajar desde ahora, sin esperar la renovación parlamentaria. La tarea es YA y el trabajo legislativo no precisa de espera alguna, porque muchos son legisladores y pueden dar el puntapié cuando decidan, para demostrar que REALMENTE quieren modificar rumbos, como dijeron.

En definitiva, los oficialistas tienen que ocuparse de ejercer la gestión para la que fueron elegidos alguna vez. Los que están del lado de la oposición deben dar muestras claras de que pueden hacer algo más que quejarse. Construir una oferta seria para la ciudadanía. Lograr un poco mas que una “bolsa de gatos” de la que se pueda sacar algo en limpio de ellos, y no solo triunfos electorales esporádicos que se consumen en si mismo.

Pero es la sociedad la que tiene el desafío más complejo. Debe hacer un esfuerzo importante para no llegar al próximo turno electoral y tener que OPTAR. La desidia cívica, el desapego por la política, el poco compromiso ciudadano entre tantas actitudes negligentes, son algunos de los ingredientes que nos hacen llegar en cada convocatoria electoral a esta situación reiterada de seguir optando y no poder elegir jamás.

Los argentinos, tenemos que replantearnos mucho y hacer algo para no reiterarnos en esta macabra historia de OPTAR por lo menos malo, de descartar alternativas mediocres para quedarnos con “lo que hay”. Precisamos esa PROFUNDA autocrítica que le pedimos a la política, pero que no somos capaces de hacer acerca de nosotros mismos.

La ausencia de dirigentes y partidos que nos representen adecuadamente tiene que ver con lo que los ciudadanos NO hacemos. No se puede despertar siempre unos meses antes de cada elección y pretender que otros hayan hecho el trabajo que no hicimos en nuestro rol de protagonistas del sistema democrático. Esa irresponsabilidad ciudadana, es el caldo de cultivo ideal para la dirigencia que tenemos.

El resultado electoral es, por ahora, anecdótico. Detenernos en ello, y seguir enganchados en la disputa de poder puede ser un vano ejercicio que mezcla lo lúdico con lo intelectual. Mientras tanto, oficialistas, opositores y ciudadanos tenemos un panorama por delante de esfuerzos permanentes. La verdad es que TODOS tenemos mucho por hacer.


Alberto Medina Méndez
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jueves 11 de junio de 2009

Al cuarto poder le falta sopa.

En Argentina cada 7 de junio se celebra el día del periodista. La fecha elegida es discutible y el hito que pretende destacar, mucho mas aún.

Ese día es considerado como punto de partida de interpretaciones tan difusas como imprecisas. La famosa “Gazeta” de Mariano Moreno NO fue el primer medio de prensa, como muchos suponen. Alguna reconstrucción histórica, que presenta el contemporáneo Jorge Lanata, menciona al menos tres antecedentes previos a esa publicación.

El pionero, según esta visión, fue el español Francisco Antonio Cabello y Mesa, que el 1° de abril de 1801 presentó El Telégrafo Mercantil. Si se decidiera dejar de lado al mismo, por el mero hecho de ser extranjero, recuerda también a dos criollos anteriores a Moreno. Uno de ellos, Juan Hipólito Vieytes, que el 1° de septiembre de 1802 publicó El Semanario de Agricultura, Industria y Comercio y luego Manuel Belgrano, quien a principios de 1810, dirigió el Correo de Comercio de Buenos Aires.

Un dato, no menos relevante, es que la norma que dispone la fundación de La Gazeta que lleva la fecha del 2 de junio de 1810, llevó sólo la firma de Moreno, aunque se “supone” que su texto fue acordado por toda la Junta.
Por otro lado, cabe consignar que “La Gazeta” era el órgano oficial de un gobierno revolucionario respecto de España, y no precisamente un periódico privado independiente. En todo caso “La Gazeta” encarna el primer antecedente autóctono de la prensa pública, del periodismo estatal plenamente al servicio del nuevo poder.

Moreno tampoco es exactamente el hombre que mejor enarbola la visión del periodismo libre. En un material que llevaba el titulo de ‘La libertad de escribir’, a Moreno se le atribuye una cita que decía ‘Debe darse absoluta franquicia y libertad para hablar en todo asunto que no se oponga en modo alguno a las verdades santas de nuestra augusta religión y a las determinaciones del gobierno’.

En definitiva, nuestra tradicional historieta, cuenta las cosas que prefiere, del modo que le resulta más funcional a sus parciales intereses y al giro ideológico reinante.

La necesaria existencia del CUARTO PODER, como tantos lo prefieren llamar, se sostiene sobre la base de constituirse en un verdadero contrapeso frente al resto de los poderes públicos.

El periodismo debe ser invariablemente crítico. No existe tal cosa como la prensa oficialista. Quienes tienen como tarea adular al poder de turno, exacerbar sus logros, minimizar sus defectos, no hacen periodismo. En todo caso son meros relatores de discursos ajenos y por lo tanto empleados del poder.

El periodismo supone el pleno ejercicio de la crítica en libertad. No se trata de una labor destructiva, sino del necesario equilibrio que debe aportarle a una sociedad pretendidamente seria, que necesita evitar los abusos del resto de las autoridades.

La información, la crónica, la opinión, son las herramientas válidas para que los medios de comunicación mantengan a la ciudadanía con los ojos abiertos. La eventual filtración de irregularidades, errores, decisiones desacertadas, exabruptos, abusos, es lo que, en definitiva, pone límites a los impunes de siempre. Sin un periodismo profesional, capaz de ejercer su rol compensador, no existe República posible.

La prensa servil no ayuda a una construcción positiva. Solo logra una deformación constante de los acontecimientos, en forma premeditada, quitándole la chance al que ejerce la autoridad, de redimirse y corregir rumbos. Pasa en todos los ámbitos, en el deporte, en el espectáculo, en el entretenimiento, no importa lo banal que parezca la cuestión que se aborde. La actitud genuflexa del periodista “amigo”, impide el progreso, aburguesa a los protagonistas, los llena de laureles que no le corresponden y hasta les hace creer que son lo que realmente NO serán nunca.

La prensa libre tiene un rol. El de convertirse en el verdadero instrumento de las sociedades modernas. Marcar el rumbo, criticar los errores, depurar el sistema expulsando a incapaces y corruptos.

Cuando el periodismo no cumple su papel, contribuye funcionalmente a mucho de lo que crítica por lo bajo y que ni siquiera se anima a plantear en público.

Suponer que la prensa es una simple espectadora de lo que sucede, es realmente un infantilismo. Y no es que alcance con lograr una prensa más profesional. No alcanza, pero resulta imprescindible para recuperar la credibilidad de una sociedad que necesita confiar en algo para motorizar los cambios que anhela y que hoy visualiza tan distantes.

Una prensa libre, podría devolver algo de confianza, enterraría la resignación popular y sembraría las bases de una sociedad distinta, capaz de seleccionar con más y mejor criterios, a los mejores hombres y mujeres para conducir los destinos de la Nación. No alcanza con una prensa seria, pero vaya si resulta imprescindible.

A no confundirse, construir un “cuarto poder”, dignificar el oficio periodístico, moralizar la profesión, no depende de los políticos, de los medios, de la pauta pública, mucho menos aún de los gobiernos.

Hace falta algo más trascendente. Es necesaria una profunda autocrítica por parte de los que aman la profesión. Abandonar la comodidad de los calores del poder, para pasar al ejercicio digno de un oficio que merece ser protagonista del cambio.

Se trata de esa revolución destinada a devolverle a la sociedad el marco de libertad necesario para construir ciudadanía y que permite que sean los individuos de una comunidad los que establezcan las reglas, fijen sus preferencias y no se dejen avasallar por los mezquinos intereses sectoriales a los que eventualmente representa un poder público cualquiera.

La prensa puede ser un actor central del cambio que tanto esperamos. Pero hace falta bastante más que buenos discursos, locuaces arengas y punzantes entrevistas. Se precisa una determinación singular, un coraje a prueba de las tentaciones de la comodidad y el decidido abandono de las prácticas aduladoras tan diseminadas en nuestro continente.

No es preciso inmolarse, pero si, decidir claramente si se pretende hacer periodismo o una simple parodia de esta profesión, asumiendo el rol elegido con absoluta honestidad intelectual.

La prensa puede dar el puntapié inicial y establecer NUEVAS reglas que equilibren la balanza del poder. También puede elegir seguir siendo “el trapo de piso” de los poderosos de turno. Es una elección, libre por cierto. Queda en manos de los periodistas. De esa decisión depende buena parte de la oportunidad de recuperar algo de dignidad y respeto, que tanto se reclama y por la que se hace bastante poco.

Hasta ahora, no supimos conseguir una prensa capaz de constituirse en el eficaz CONTRAPESO que la sociedad necesita. A este CUARTO PODER le falta sopa.

Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
Corrientes – Corrientes - Argentina
www.albertomedinamendez.com
03783 – 15602694
Skype: amedinamendez

lunes 1 de junio de 2009

Un secreto a voces


Cada campaña electoral nos enfrenta a lo peor de la política. El financiamiento de la actividad electoral es un capítulo que confirma muchas sospechas de tantos ciudadanos.

Ningún miembro de la “corporación” propondrá normas que funcionen como límites que puedan contribuir a la imprescindible transparencia respecto del origen del dinero que financia las campañas políticas, la propaganda electoral y la logística de la elección.

Nuestros políticos modernos son amantes de la regulación, sobre todo aquella que nunca los alcanza como sujetos. Su ámbito no está en tela de juicio, al menos para ellos. No merece, por lo tanto, norma alguna que favorezca la moralización de sus números.

Semejante movilización de recursos, publicidad y despliegue, no se hace sin dinero. De algún lado proviene, y si no se puede mostrar claramente, es por algún motivo suficientemente importante. Tal vez explicarlo pueda ser demasiado comprometido.

En realidad no es tan difícil encontrarle sentido. Esos dineros solo pueden provenir de algunos pocos orígenes posibles. De las arcas públicas o de aportes privados. En el primer caso, apelando invariablemente a procedimientos ilegales, con la necesaria complicidad de una importante cadena de funcionarios que avalan, por acción u omisión, esos ilícitos manejos. Los dineros de los ciudadanos que sostienen con sus impuestos al Estado, no debiera ser objeto de un uso político partidario para favorecer a cierta porción del sistema de ideas. No está bien. No existe atenuante posible.

Cuando los fondos surgen del sector privado, pueden suceder diferentes situaciones. Un caso será aquel en el que no se pueden transparentar esos “aportes” porque ni siquiera están debidamente declarados. Provienen de actividades delictivas o al menos de esos rubros que no blanquean sus ingresos al sistema.

La otra variante, es aquella ligada a la conservación de privilegios actuales o de aquellos interesados en formar parte del club de la prebenda. En esa nómina se enrolan, proveedores del Estado, concesionarios de servicios y amigos del poder. Casi todos ellos, intentando darle soporte al poderoso que pueda darle continuidad a su negocio.

Lo grave no es solo que esto suceda tan “burdamente”, sino que este “secreto a voces” haya sido “normalizado” desde la sociedad. La gente asume con demasiada naturalidad algo que debiera contar, al menos, con una desaprobación moral manifiesta. Todos parecemos saber que los que tienen dinero para hacer campaña son los que están próximos al erario público. Los que gobiernan, desde el ejecutivo municipal, provincial o nacional, e incluso hasta quienes tienen algún acceso a los presupuestos legislativos, dispondrán, seguramente, de fondos para financiar sus aventuras políticas personales. Todos ellos pueden sostener ese juego que los tiene como privilegiados beneficiarios.

Desde la impresión de las boletas hasta los pasacalles, desde los vehículos que trasladan votantes el día de la elección al almuerzo de los fiscales en pleno acto comicial. Todo, absolutamente todo, precisa de ese fondeo. La inmensa mayoría de los candidatos posan de hombres humildes, sin demasiado dinero ni fortunas personales, al menos declaradas. Pues entonces, la sospecha acerca de la procedencia de los fondos se hace más evidente.

La utilización de recursos públicos parece ser avalada tácitamente por la sociedad que ni siquiera aplica castigo moral alguno a los usufructuantes profesionales. No solo el uso del dinero concreto, sino también de esos recursos estatales que implican tener militantes rentados en puestos públicos, e infinidad de costos absorbidos por los votantes como contribuyentes involuntarios, que incluye gastos en telecomunicaciones, viáticos, traslados entre tantos que se podrían enumerar.

Cada centavo del Estado utilizado para las candidaturas esta viciado de inmoralidad. En ese contexto, cuesta entender como alguien que cree que hace lo correcto para alcanzar una meta política, puede francamente brindar soluciones a la sociedad. Si ni siquiera puede transparentar COMO se financia, es difícil creerle cuando se pretende proponer como el paladín de la honestidad.

Esta es una de las tantas contradicciones de la política mediocre de nuestras latitudes. Una ciudadanía timorata, una oposición que silencia estas cuestiones, apelando invariablemente a formas parecidas. Lo hace en el presente, o lo ha hecho en el pasado, o simplemente sabiendo que lo intentará en el futuro.

A eso se suman los sectores del poder económico, los que hacen lobby escondidos detrás de sus privilegios que aspiran a conservar, más aquellos otros que pujan por un espacio en el ámbito de esas preferencias a las que aún no han accedido, pero de las que desearían formar parte.

Ellos no quieren quedar afuera. No sea cosa que sus negocios se vean perjudicados por decisiones gubernamentales, o bien, que algún político decida interrumpir la prebenda a la que accedió gracias a los amigos de turno de estos u otros tiempos.

Sostener concesiones públicas, requiere de una gran versatilidad política, pero fundamentalmente de mantener “financiados” a los políticos que en sus campañas hablarán de todo…….salvo de modificar las concesiones de los mecenas de la campaña.

Los que están fuera del circuito de privilegios, harán lo propio. Conseguirán entrevistas, buscarán amigos y amigos de amigos, de gente vinculada a los que circunstancialmente puedan alcanzar la birome en el futuro, esa que firmará nuevos privilegios, seleccionará proveedores públicos o posibilitará algún negocio en el mediano plazo.

Todos esos, tratarán de sostener al poder. No tiene demasiada relevancia que piensan esos políticos, que proyectos traen consigo, mucho menos aun que pretenden hacer para mejorar la vida cotidiana de los conciudadanos. Importa darle soporte al negocio propio. Aparecer en la nómina de quienes ayudan a pagar la campaña, siempre sumará.

No se trata de una nómina de contribuyentes transparentada a la comunidad. Parte de las reglas de juego supone que es un acuerdo privado, sin papeles, de palabra, un tácito apoyo que no precisa siquiera de un intercambio demasiado explicito. Eso vendrá después. El intercambio de ayudas, el rescate a la “solidaria” contribución, solo será tema de un acuerdo posterior al acto electoral. Será el tiempo de devolver favores.

La política y los intereses sectoriales jamás hablarán en público de este acuerdo. Los políticos dirán que actúan con absoluta independencia de criterio cuando deban tomar decisiones. Los que representan a los intereses sectoriales, se espantarán de la mediocridad, de la corrupción y de la falta de visión de los líderes modernos.

Poder transparentar el financiamiento de la política, mostrar los números que permiten a los partidos su funcionamiento operativo cotidiano, es primordial para recuperar no solo la credibilidad social, sino el norte de la moral en la cosa pública.

No está mal financiar campañas. De hecho, resulta preciso que estas sean soportadas por simpatizantes y afiliados, pero siempre en virtud a la adhesión a las ideas que sostienen.

Lo relevante es poder transparentarlo. No debieran existir motivos para ocultar el origen de los fondos. Si no lo pueden mostrar, entonces resulta evidente que es por algún motivo. Todos lo sabemos, o al menos lo intuimos. Es un secreto a voces.


Alberto Medina Méndez
amedinamendez@gmail.com
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lunes 25 de mayo de 2009

Venerando al pragmatismo.

Vivimos tiempos de campaña electoral. Los slogans, las frases hechas, los lugares comunes, el panfleto como premisa, pululan por doquier. Estamos rodeados por rostros de candidatos, apellidos en letras de molde, nombres de pila en carteles como si fueran familiares cercanos de los votantes y hasta alguno usando solo una inicial como identificación.

La ausencia de ideas, propuestas excesivamente generales, consignas grandilocuentes pero vacías, discursos sin compromiso alguno, abunda en demasía, no solo en la campaña, sino también en la acción cotidiana de la política partidaria.

Lo cierto es que desde hace cierto tiempo, se ha venido observando, con marcada insistencia y admirable contundencia, un sistemático y virulento ataque a las ideologías.

Las mismas son presentadas como dogmas, interpretaciones cerradas, sectarias, sin flexibilidad alguna, demonizándolas al endilgarle todas las penurias del pasado y las responsabilidades del presente.

Se agrede a quienes se sienten representados por un sistema de ideas y valores, caricaturizando sus creencias, ridiculizándolos hasta el punto de señalarlos como seres incapaces de entender el pensamiento diferente.

Las ideologías, a las que tanto denostan, no son más que un coherente, consistente y ordenado compendio de ideas, que se alinean detrás de determinados valores que expresan claramente las convicciones de un sector particular de la comunidad. No se trata de dogmas que no admiten refutación, ni tampoco de interpretaciones estructuradas sin margen de debate. Muy por el contrario, involucran ideas que evolucionan, siempre en la línea de reforzar aquellos valores con los que se comulga.

El pragmatismo endiosado, la devoción por el ejercicio práctico de lo ejecutivo, se esconde siempre detrás de la ausencia de ideas concretas. A esa filosofía de vida, cualquier cosa le viene bien, sus discursos son versátiles y acomodaticios. Pretenden defender la supremacía de lo posible por sobre la búsqueda de lo correcto.

Amantes de la gradualidad, justifican inequidades para evitar su mayor temor, la fuga de votos y la inseparable retirada de los aduladores. Siempre priorizan las estrategias de poder. No les importa hacer lo correcto, ni lo justo. Su escenario de preferencia, los invita al desafío de encontrar aquello que les resulta “conveniente” sin importar cuestiones morales periféricas y secundarias a sus fines.

No aceptan ajustarse a ideas ni valores. Eso los obligaría a circunscribirse a ciertos límites, quitándoles entonces la posibilidad de “negociar” lo que fuera, a cambio de lo que realmente precisan para sostener sus centrales y primordiales estrategias de poder.

Los “pragmáticos” nos gobiernan desde hace demasiado tiempo. Se han multiplicado por todo el mundo. América Latina sigue siendo una proveedora inigualable de estos pragmáticos amantes del populismo y la demagogia. Han instalado consignas falsas, las desarrollaron con argumentos también falaces, pero altamente funcionales a las manipuladoras tácticas de sus sostenedores.

Los hay de muchos colores. Intentan diferenciarse entre si, pero son demasiado parecidos. En muchos países, como el nuestro, los oficialistas y la inmensa mayoría del arco opositor, se siente fuertemente identificado en esta escuela PRAGMATICA. Casi ninguno asume ideología alguna. Se sienten cómodos bajo los calores del “pragmatismo”, que los alberga bajo el siempre rendidor discurso “políticamente correcto”.

Uno de los slogans preferidos de los “pragmáticos” es ese que dice que “solo importa la gestión”. Funciona como un cheque en blanco. Lo significativo es ser buenos gerentes, poniendo especial énfasis en la administración inteligente de recursos públicos. Han convencido a la sociedad de que lo trascendente es ser eficiente, olvidándose que para ello, previamente es preciso tener un objetivo y que el mismo debe estar transparentado, consensuado y ser moralmente adecuado.

Se puede ser efectivo en una gestión, pero esta puede encauzarse en un sentido equivocado o deliberadamente erróneo. Bajo esa mirada, existen muchos buenos funcionarios. Algunos que llegaron incluso a utilizar esa efectividad para fomentar exterminios raciales, persecuciones políticas y étnicas, por solo citar algún ejemplo demasiado presente en la historia de la humanidad.

Son básicamente “resultadistas”. Privilegian el resultado por sobre el proceso. El fin justifica los medios según esa visión y sostienen una filosofía que dice que hay que ser eficientes, sin que importe demasiado que el camino este plagado de inmoralidades

Casi tan parecido como este argumento, aparece el otro de la honestidad. Como si fuera posible sugerir políticas de deshonestidad en la administración de la cosa pública. La honestidad, debe ser un presupuesto y jamás una consigna de campaña. Plantearla como bandera, además de demostrar la decadencia moral de una sociedad, habla también muy mal de la incapacidad de trazar estrategias sistémicas, capaces de erradicar los nichos de corrupción y discrecionalidad tan presentes en la administración de lo estatal. Lo que sucede es que en ese esquema lo que conviene es sostener el status quo y no precisamente eliminar las posibilidades de corrupción, transparentando las decisiones a la sociedad. Sobre todo, si en el proceso prevalecen “las cajas” de la política.

Los discursos intermedios, las terceras vías y el supuesto modernismo político, intentan desterrar las ideologías, impidiendo la evolución de las mismas. Temas que aun generan mucho debate social y que merecen ser discutidos con profundidad, son dejados de lado para seguir discutiendo cíclicamente cuestiones del pasado.

Las ideologías han evolucionado, cada una de ellas con su ritmo y a su modo, pero lo han hecho. Lástima que la sociedad, en forma mayoritaria, no se permita participar de ese progreso intelectual y siga prefiriendo alimentar con su voto cotidiano, el discurso neutro, lavado y desprovisto de compromiso, de aquellos que han construido una religión, esa que sigue venerando al pragmatismo.


Alberto Medina Méndez
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